EspecialCaminar la historia: los empedrados que narran siglos del Paraguay

Caminar la historia: los empedrados que narran siglos del Paraguay

Asunción, Agencia IP.- Caminar por una calle empedrada es, muchas veces, hacerlo sin conciencia de que bajo cada piedra se acumulan siglos de historia. No se trata solo de infraestructura, sino también de procesos sociales, decisiones políticas, conflictos armados, saberes técnicos y de una relación profunda entre el territorio y quienes lo habitaron. Las piedras que hoy sostienen el tránsito cotidiano también son archivos silenciosos del pasado.

El historiador Eduardo Ortiz Mereles sitúa las referencias más antiguas al uso de material pétreo en el Paraguay en el inicio mismo de las reducciones jesuíticas. El empleo extensivo de areniscas rojas de la Formación Misiones como pavimentos, materiales de construcción y arte sacro se remonta a la fundación de San Ignacio Guazú en 1609, a cargo de los padres Marcial de Lorenzana y Francisco de San Martín. Desde entonces, la piedra comenzó a integrarse en la vida cotidiana del territorio.

Empedrado «Boli» en Pirayú.

Durante siglos, desplazarse por la geografía paraguaya fue una tarea compleja. Los caminos de tierra se volvían intransitables tras las lluvias, cubiertos de barro y lodo, una situación que, según Ortiz Mereles, aún es visible en muchas zonas rurales. En esos primeros tiempos, los trayectos se recorrían a pie, generalmente descalzos, a caballo, en mulas o en carretas tiradas por yuntas de bueyes. Entre cerros, arroyos, lagunas, esteros y ríos, los viajeros buscaban los tramos más accesibles y así se fueron delineando los antiguos caminos guaraníticos, verdaderos precursores de las rutas actuales.

Estos caminos no solo cumplían una función práctica, sino también económica. A través de ellos se realizaba el comercio entre ciudades y pueblos. Algunos de los más importantes adquirieron la categoría de «caminos reales», aunque, como aclara Ortiz Mereles, probablemente ningún monarca haya transitado por ellos en territorio paraguayo.

La pavimentación pétrea urbana se vuelve más evidente en el siglo XIX. Según los registros históricos citados por Ortiz Mereles y el historiador Luis Verón, la primera ciudad con empedrado fue la Villa Occidental (actual Villa Hayes) en 1872. El camino empedrado unía el río Paraguay con la actual Gobernación de Presidente Hayes, en el contexto de la ocupación argentina del Chaco, que se extendió hasta 1879, es decir, antes del Laudo Hayes de 1878.

Las piedras que los presos bolivianos usaron para realizar el «Tape Boli» durante la guerra del Chaco. Foto cortesía de Elizabeth Rodríguez.

Ese mismo año comenzaron los empedrados en Asunción, vinculados a la explotación del cerro Tacumbú, ubicado cerca del actual barrio Sajonia. Las obras estuvieron a cargo de empresas concesionarias del servicio de los primeros tranvías. Las piedras habrían sido provistas por Francisco Terlizzi, quien contaba con un permiso de explotación otorgado por el gobierno de Salvador Jovellanos (1871–1874).

Desde un punto de vista geológico, Darío Gómez Duarte explica que el cerro Tacumbú pertenece a un conjunto de rocas volcánicas con estructuras prismáticas, conocidas comercialmente como basaltos y científicamente clasificadas como basanitas, formadas por la extrusión de lava que se enfrió rápidamente. Esta característica facilitaba su fragmentación manual y su disposición en adoquines, lo que era una razón clave para su explotación como material de pavimentación.

Gómez Duarte detalla, además, que los empedrados paraguayos utilizan una notable diversidad de rocas: areniscas muy consolidadas de Emboscada; lajas de Itacurubí; areniscas rojas y lajas del Carro Cachimbo en Caaguazú; basaltos y diabasas de la Formación Alto Paraná; rocas ígneas cristalinas de Pirayú, Sapucái, Quiindy, Caapucú y otros cerros; y cuarcitas metamórficas de Itayurú, en Misiones. Estas piedras representan prácticamente todas las edades del tiempo geológico, desde el Precámbrico hasta el Cenozoico.

En ciudades como Areguá, Luque y Capiatá, se emplearon areniscas columnares provenientes de los cerros Kói y Chororí, identificadas en la literatura antigua como «pseudotraquítas». Para el geólogo, las condiciones fundamentales para el uso de estas rocas como empedrado fueron su resistencia a la meteorización, al desgaste y a la compresión, así como su facilidad para fragmentarlas en bloques casi cúbicos.

Darío Gómez Duarte, geólogo e hidrogeólogo.

Un capítulo particular de esta historia se abre durante la Guerra del Chaco (1932–1935). Ortiz Mereles y Gómez Duarte coinciden en señalar que, durante y después del conflicto, se construyeron empedrados con mano de obra de prisioneros bolivianos. En Pirayú, este camino es conocido como «Empedrado Bolí», mientras que en Sapucái recibe el nombre de «Tape Bolí».

El historiador Claudio Velázquez Llano contextualiza este proceso: tras victorias como las de Campo Vía y Yrendagüé, Paraguay se encontró con una enorme cantidad de prisioneros bolivianos. Algunos fueron asignados a familias como empleados domésticos o rurales, y otros fueron destinados a obras viales. En Pirayú, estas construcciones se realizaron hacia el final de la guerra, ya que el retorno de los prisioneros a Bolivia demoró más de un año y formó parte de negociaciones que incluyeron una compensación económica al Paraguay por su manutención.

Eduardo Ortiz Mereles, historiador.

Ortiz Mereles explica que el término «Bolí» surge como un truncamiento popular de «boliviano» y que, con el tiempo, adquirió una connotación simbólica e incluso burlona en el habla cotidiana. Sin embargo, más allá del nombre, estos empedrados cumplieron una función clave dentro del sistema vial: facilitar el tránsito peatonal, de carretas y de los primeros automóviles, reducir el polvo en épocas secas y el barro durante las lluvias, y evitar el deterioro del suelo a bajo costo.

En las décadas posteriores, especialmente tras la Guerra del Chaco y luego en los años 70 y 80 con el auge de la construcción de la represa de Itaipú, la expansión de caminos y empedrados volvió a intensificarse. Para Ortiz Mereles, los caminos «de todo tiempo» siempre han sido sinónimos de desarrollo: permiten el acceso rápido a servicios de salud, al comercio y a la integración regional.

Claudio Velázquez Llano, historiador.

Hoy, el empedrado «Bolí» está declarado Patrimonio Histórico Nacional por la Secretaría Nacional de Cultura, pero los especialistas advierten que aún queda mucho por inventariar, catalogar y proteger. Velázquez Llano subraya que numerosas obras realizadas por prisioneros bolivianos siguen sin reconocimiento formal, a pesar de su valor histórico y simbólico.

Bajo nuestros pies no hay solo piedra. Hay reducciones jesuíticas, gobiernos del siglo XIX, guerras, prisioneros, ingenieros, indígenas, presos, vaqueanos y vecinos que aportaron agua y trabajo. Conservar y divulgar estos caminos no es solo una cuestión urbana o técnica: es una forma de reconocer que el Paraguay también se construyó, literalmente, desde el suelo que pisamos.