Construyendo la Marca Paraguay

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Por la Embajadora Estefania Laterza, Directora Nacional de REDIEX.

El nombre de un país o región está asociado a símbolos, ideas y percepciones. París, por ejemplo, evoca arte, lujo y moda. Japón invita a pensar en tecnología y tradición. Italia es tierra de monumentos antiquísimos que remontan a los orígenes de la civilización occidental y paraíso de los amantes de la buena mesa.

¿Pero cómo se implanta en el inconsciente de un colectivo diseminado a lo largo y ancho del orbe la idea de que Finlandia tiene el mejor sistema educativo del mundo o que Nueva York ofrece espectáculos de gran nivel? ¿Es este un proceso asociativo espontáneo o inducido? Y luego, ¿Es conveniente tener una imagen que evoque experiencias agradables o percepciones positivas?

Si nos inclináramos por un sí a la última pregunta, tendríamos que reflexionar sobre la correlación entre un territorio en particular y el atractivo de sus paisajes o espectáculos, la calidad de los bienes y servicios producidos internamente o cualquier otro elemento que pueda generar interés, atracción o curiosidad.

Un país percibido positivamente, por las cualidades que fuere, tiene más posibilidades de competir en ejercicios como el de desarrollar sectores económicos diversos o radicar inversiones. En pocas palabras: a mejor imagen, mejor reputación. Y una buena reputación invita al acercamiento y el relacionamiento, al tiempo que construye confianza.

A menudo oímos decir que los paraguayos son apreciados en otras latitudes por su capacidad de trabajo; que visitantes foráneos quedaron extasiados ante la belleza del cielo chaqueño o impresionados con el sabor de la carne paraguaya. Tales afirmaciones ilustran supuestos de asociaciones espontáneas del tipo positivo, que se dan sin que exista una labor de promoción específica.

Ahora bien, si a este proceso agregamos valor a través de una estrategia planificada, los resultados pueden contribuir al desarrollo de un país, mediante la persecución de objetivos puntuales: atraer visitantes, promocionar bienes o servicios, hacer transcender alguna industria específica, generar inversiones o posicionarse como receptor de grupos humanos predeterminados -jubilados, científicos o deportistas de élite-.

Esto explica la evolución del marketing aplicable a la promoción de espacios geográficos y el cada vez más frecuente uso de herramientas de mercadeo para mejorar la imagen de un país o región. Así las cosas, la Florida ha conseguido situarse como destino de retiro de adultos mayores; Tailandia como centro especializado en medicina estética, mientras que Perú atrae anualmente a cientos de miles de turistas que buscan una experiencia gastronómica singular.

Los paraguayos tendemos a auto percibimos como un Estado con una reputación internacional negativa. Creemos estar asociados en el imaginario colectivo con hechos que ponen en jaque la democracia y la paz o con un comercio fronterizo que ofrece bienes de calidad cuestionable.

Los más audaces dirán que nos conocen por algún astro del balompié o gracias a las dotes de una modelo retratada llevando un celular en el escote.

Pero basta conversar con personas situadas en otras latitudes para concluir que el Paraguay carece de reputación internacional arraigada o generalizada. Esto puede deberse a nuestro tamaño, situación geográfica, o tal vez, al no haber dado mucho de que hablar en el convulsionado siglo 20.

La afirmación precedente lejos de constituir una discapacidad, se presenta como una oportunidad de construir un relato. En él podemos destacar cientos de aspectos positivos de la “paraguayidad“, describir nuestros atractivos, hablar de la calidez de nuestra gente o exhibir los aportes a la civilización de personas que con sus acciones consiguen configurar un rostro atractivo y confiable.

Ellos y ellas son grandes representantes del Paraguay que queremos ser.

Son personas que llevan la marca país consigo, en cada acción y en cada producto que habla de la riqueza de esta tierra, de la habilidad y laboriosidad de su gente y de la calidad de los procesos desarrollados internamente en diferentes sectores y que ofrecen oportunidades a propios y extraños.

Nuestro cuento está protagonizado por un conglomerado humano variopinto que ofrece una gastronomía exquisita de la mano de profesionales del gremio, como Sarita Garófalo, Benjamín Benítez y el zar del asado chaqueño, Nicki Stockl.

La nuestra, es una sociedad multiétnica que mezcla conocimientos ancestrales con ciencia e innovación, donde la cultura del pohã ñaná convive con un ron paraguayo que ha ganado premios internacionales de envergadura.

Una historia que se escribe desde de la ciencia, con los aportes de Fátima Mereles a la botánica desde proyectos gestados en Suiza o con la investigadora Evelyn Báez, quien ha venido contribuyendo a rebajar los costos de medicamentos paliativos utilizados para alivio del COVID.

Nuestros Embajadores comprenden igualmente a deportistas destacados como Paola Ferrari y grandes artistas de la talla de Julia Isidrez, Koki Ruiz, Félix Toranzos y Carlo Spatuzza.

Llevan igualmente la marca país, Paraguay, productos de gran calidad como los alfajores La Marsellesa, las carnes de Frigo Chaco y UPISA, las chipas Leticia, las mermeladas “Sabores de Areguá” y tantos otros productos cuya presencia en góndolas internacionales hablan de un Paraguay productivo y comprometido con la calidad.

Los símbolos carecen de valor intrínseco. Son las experiencias y acciones concretas las que le agregan consistencia al concepto. Por esta razón es que la atribución de la marca Paraguay a personas y productos que destacan, contribuye a la construcción de una nueva imagen cuyo posicionamiento se está produciendo en un marco estratégico y organizado que busca posicionar al país como lo que es: una tierra de desarrollo, prosperidad, sostenibilidad e inclusión.

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